El sacrificio de una mejor vida

Por Oswell Reza

En un par de artículos anterior les hablé sobre algunas historias de personas que como miles de migrantes se han tenido que enfrentar a la realidad de una vida llena de esfuerzo, sudor y lágrimas desde el momento en que se vienen a este país. Una vida marcada por diferentes razones y circunstancias que no siempre son entendidas por la gente querida que se queda atrás. En esta ocasión, conocí la triste pero admirable historia de la señora Silvia.

Todo comenzó cuando en mi día de hacer la despensa me topé con una considerable fila en la que delante de mí, dos señoras mantenía una conversación bastante común y nostálgica mientras aguardaban su turno para llegar a caja y pagar sus víveres.

– “Extraño mucho el lugar que me vio nacer, crecer, a la gente con la que conviví por tanto tiempo. A veces uno tiene que hacer grandes sacrificios por amor; amor a tu esposo, a tus hijos, amor a ti misma. ¡Sacrificios! De eso se trata la vida para poder disfrutarla”…

Esas fueron las demoledoras palabras de aquella señora cubierta de recuerdos, con pelo canoso rebosado de lágrimas, pero una valiente sonrisa que escondía el beso del anhelo, que me pusieron a pensar en lo difícil que resulta estar tan alejado de “tu mundo”, tus seres querido, tu tierra y tu cultura. Una realidad que solo se comprende cuando se vive porque ni siquiera imaginándolo se es capaz de poder comprender la magnitud de todos los sentimientos que alguien tan alejado de los suyos, puede cargar consigo día a día intentándolos controlar para no derrumbarse.

Silvia, como muchos migrantes que buscan una mejor vida, dejó todo aquello que conocía como hogar para viajar a un país desconocido, pero compuesto también por miles de latinos que han dejado atrás sus patrias con el deseo de una mejor vida que muchas veces resulta en la nostalgia, la melancolía, la resignación, la soledad y el sufrimiento. Y es que como dicen por ahí: “es difícil saber lo que alguien siente conforme a lo que vive, hasta que le sucede o pasa por la misma situación”.

Honestamente me invadió su tristeza, quise acercarme y abrazarla, pero su imponente valentía me hizo deducir que esa fuerte y agradable señora a la que sólo conocí cómo Silvia, supo con mi sonrisa todo lo que en ese momento quería decir.

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