Nuestra Confianza en Cristo
Por Padre Jairo Gregorio Congote
Este fin de semana meditamos sobre la rica profundidad de las Escrituras, especialmente en los pasajes de Jeremías y la primera carta de San Pablo a los Corintios. Estas lecturas nos invitan a reflexionar sobre la naturaleza de nuestra fe, la dirección de nuestras esperanzas y la certeza de la resurrección.
En Jeremías el Señor nos dice: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que pone su fuerza en la carne y se aparta del Señor”. Esta advertencia resuena con fuerza en nuestros corazones. El profeta contrasta al hombre que confía en el Señor, que es como un árbol plantado junto a aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente. La imagen es clara: cuando confiamos en Dios, nuestras vidas están ancladas en una fuente de vida inagotable.
San Agustín, un gran Padre de la Iglesia, dijo: “Nos has creado para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Este anhelo de nuestro corazón nos muestra que solo en Dios encontramos la verdadera paz y fortaleza. Cuando nos apoyamos en cosas temporales o en nuestra propia fuerza, nos convertimos en ese matorral en el desierto, árido y vacío. La invitación es a estar enraizados en el amor de Dios, permitiendo que su gracia nos nutra y nos mantenga firmes, incluso en las dificultades.
En la segunda lectura, San Pablo nos confronta con una verdad fundamental de nuestra fe: “Si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana es también vuestra fe”. Esta afirmación nos lleva a reflexionar sobre la centralidad de la resurrección. Si Cristo no ha resucitado, nuestra esperanza se desmorona. Sin embargo, Pablo nos asegura: “Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos”. Esto es lo que da sentido a nuestra vida cristiana y nos llena de esperanza. San Juan Crisóstomo, otro gran Padre de la Iglesia, afirmó: “La resurrección es la base de nuestra fe; es el triunfo de la vida sobre la muerte”. Sin la resurrección, nuestra fe sería vacía; pero con ella, somos llamados a vivir con valentía y esperanza, sabiendo que nuestras vidas tienen un propósito eterno.
Hoy, reflexionemos sobre dónde estamos poniendo nuestra confianza. ¿Estamos alimentando nuestra relación con Dios, permitiendo que Su amor nos sostenga? ¿O estamos dependiendo de las cosas pasajeras de este mundo? El hombre bendecido en Jeremías es aquel que confía en el Señor; es un testimonio de la vida que florece en la fe.
La resurrección también nos invita a entender nuestro propósito. Como nos recuerda San Pablo, no vivimos solo para el presente, sino para la promesa de una vida eterna. Los santos nos han mostrado cómo vivir en esta esperanza. Santa Teresa de Jesús dijo: “La oración es un acto de amor”. Cuando oramos, cultivamos nuestra confianza en Dios y permitimos que su gracia transforme nuestros corazones.
Al concluir, recordemos las palabras de San Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”. Pero gracias a Dios, ¡Cristo ha resucitado! Vivamos a la luz de esta verdad, produciendo frutos en nuestras vidas que reflejen Su amor y gracia, y compartamos esta esperanza con un mundo que tanto la necesita.
